¿Es suficiente un libro para salvar el bache de la crisis?

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El libro de bolsillo y los autores «superventas»
afianzan a las editoriales en un año crítico
Si hay un buen libro no hay crisis

«El libro jamás es el gran beneficiado en periodos de bonanza, pero tampoco es el más damnificado en épocas de depresión», comenta Jaume Vallcorba. El editor de El Acantilado no lo duda: un buen libro, como un buen catálogo, es una firme garantía, un salvoconducto contra los malos augurios de las bolsas: «Los lectores son como los melómanos. El auténtico, el que ha leído debajo de las sábanas, con una linterna porque la madre le apagaba la luz, va a seguir comprando libros. No va a renunciar. Un catálogo es un espacio firme para el lector». Las oscilaciones del mercado, sujetos a los vaivenes económicos, afectarían más a las editoriales dependientes de un título con tirón, un «best seller» para lectores ocasionales.
«Mega best seller»
«Sí, claro, por supuesto que un gran lanzamiento puede ayudar a pasar una crisis, pero también puede matar a una editorial –explica Ricardo Cavallero, consejero delegado de Random House Mondadori–. Antes, para los sellos editoriales, un “best seller” suponía una venta de 100.000 o 200.000 ejemplares. Ahora se han impuesto los “mega best seller”, esos que venden un millón para arriba. Y eso obliga a las editoriales a mantener ese ritmo de ventas. Estos libros pueden salvar un año. Pero el éxito es efímero. Lo que te mantiene es el catálogo, y sobre todo, el catálogo de bolsillo».
En el primer trimestre de 2009 ha caído la facturación 2,6 puntos respecto al mismo periodo del año pasado. La paradoja es que se mantienen los lectores y los ejemplares. Lo que se ha producido es un fuerte incremento del libro de bolsillo. «Este mercado ha crecido en enero un 17 por ciento en relación con el mismo mes de 2008 –afirma Nuria Cabutí, directora de la colección de bolsillo de Random House Mondadori–. Los que más se han vendido han sido “El ocho”, “Gomorra” y “La catedral del mar”».
Auge del libro pequeño
El 42 por ciento de las ventas de bolsillo fueron de esta editorial. De hecho, de las ochocientas novedades que este sello saca al año, 280 son títulos de bolsillo.
Según Jesús Badenes, director general de la división de libros de la editorial Planeta, «la caída experimentada en la facturación en el libro en este trimestre, entre otras razones, tiene que ver con el avance del libro de bolsillo, que se situaría al final de este ejercicio entre el 13 y 15 por ciento».
Desde hace diez años, otra editorial, Anagrama, suele publicar 75 novedades en su principal colección y 35 en bolsillo. «No hemos tomado ninguna medida especial contra la crisis, porque no lo hemos considerado oportuno; eso sí, actuamos con la cautela necesaria», comenta con optimismo Jorge Herralde. Según el editor, «aritméticamente, hasta este momento, nuestra actividad editorial va por encima de 2008. Es cierto que también hemos tenido suerte con algunas publicaciones como son “Los girasoles ciegos” o “El lector”».
Antonio María Ávila, director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España, confirma esta tendencia hacia las diferentes colecciones de bolsillo. «Se llega a una paradoja. El número de ejemplares vendidos no es mala, igual que en años anteriores, pero la facturación es menor. Esto se debe a que el libro de bolsillo es más barato. Sin embargo, el índice de lectura en este trimestre es igual al de 2008. Existe un afianzamiento, sólo que hay que vender tres volúmenes en bolsillo para alcanzar uno de rústica».
Hay futuro
Ricardo Cavallero confirma este avance: «Es el futuro. Está asentado en Gran Bretaña y EE UU, y en menor media en Francia. En España está incrementándose, pero todavía le queda un largo recorrido. En este trimestre es el segmento que más ha crecido».
Pero, ¿qué balance arrojan los datos para este periodo? El año pasado se salvó, aunque con dos puntos menos respecto a 2007. Se perdió cuota de crecimiento, pero no se saldó de manera negativa. Según Antonio María Ávila, los primeros meses de 2009 no han sido positivos. La exportación «ha decrecido» entre un 11 y un 12 por ciento. Después se ha remontado. Respecto al resto del mercado, «las ventas se han reducido un 15 por ciento respecto a este mismo mes en 2008. Febrero y marzo han sido mejores, pero no se han recuperado las pérdidas de las semanas anteriores». El número total de ejemplares editados en 2008 fue de 255,5 millones, un 12,6 por ciento más que en 2007, aunque la tirada media por título se vio reducida a 2.960. «Ahora llegan las ferias. Sant Jordi y luego las de Valencia, Valladolid, Sevilla y Madrid. Y todavía no han llegado los grandes lanzamientos editoriales que caracterizaron el curso pasado con Ken Follett o Stieg Larsson», apunta Ávila.
Aumento sosegado
«Este año habrá un mayor dar-winismo en los libros, pues los ejemplares que más venden aumentarán en número y los que menos se demandan acabarán cayendo», pronosticaba Carlos Revés, director editorial de Planeta. Jorge Herralde señala, respecto al impacto de la crisis: «Incluso puedo decir que estamos viviendo un aumento sosegado del negocio». Desde la editorial 451, Borja Segovia comenta las precauciones que han tomado para evitar sustos: «Vamos a reducir la tirada de ejemplares en un 20 por ciento. Sacaremos 4.000 ejemplares por título». Después apunta: «El libro es un producto refugio. Es un tipo de ocio que resulta mucho más barato que ir al cine o a un restaurante y además dura más. Por este motivo hay que confiar en él». Un aspecto que respalda Ricardo Cavallero: «No es que se lea más, es que hay menos distracciones. La lectura requiere esfuerzo físico y tiempo libre. Pero es verdad que no existe una diversión más barata que una lectura si se coteja el precio con las horas. No hay nada comparable. No es que con la crisis se lea más, es que la gente regresa a lo normal, volvemos a ser más auténticos».
Los puntos débiles del sector del libro es la distribución, factor recalcado por Ricardo Cavallero, y las librerías, sensibles a las fluctuaciones de las ventas. Jesús Badenes recordó que en España hay 8.000 librerías, 4.000 especializadas, y son las que pueden sufrir más esta crisis. «El ICO debería avalar deudas de las librerías, como está haciendo con otras pequeñas empresas. En EE UU ante la pregunta de “¿quién decide si un libro se vende?” tienen muy claro que es el librero, porque es el que decide qué libro quiere vender. De hecho, en España, ahora, son más selectivos. Piden menos libros a las editoriales, pero la petición es más constante. Su estrangulamiento financiero es negativo para todo el sector».
Antonio María Ávila explica que los ingresos de las librerías provienen, en su mayoría, de los libros de texto. Según el INE, han sufrido un descenso del 6,1 por ciento respecto al año anterior. «El 48 por ciento de los beneficios de las librerías proceden de estas ventas. El problema es que si se impone la política de gratuidad de los libros de texto en las comunidades, estos puntos cerrarían y eso afectaría a las editoriales pequeñas, que dependen de las librerías de fondo y no de las grandes superficies».
Estudiantes sin librerías
Michéle Chevallier, directora de Cegal, insiste en el daño que están haciendo las subvenciones directas a los centros escolares, ya que impiden el contacto directo de los estudiantes con los puntos de venta. «El número de librerías en Castilla-La Mancha se está reduciendo de manera drástica por su política educativa». Chevallier recalca que no quieren el respaldo del Estado para apoyar a las librerías. «Queremos un trato justo y una competencia leal». Luego remarca: «Nos vemos desprotegidos ante la venta directa de las editoriales, su distribución en supermercados o los concursos para bibliotecas (no pueden competir con las ofertas de los mayoristas)».
¿Y qué depara el futuro?, Según Jesús Badenes, «la crisis servirá para contener las novedades. Será una nueva manera de enfocar los problemas en torno al libro, ya que éste no va a escapar de un nuevo modelo de consumo cultural». Para Ricardo Cavallero, «el mejor descubrimiento desde la invención de la imprenta es el libro electrónico. Ya se han dado los primeros pasos en Estados Unidos y Gran Bretaña. En España tardará en llegar más tiempo. Ya estamos hablando todos los editores para dibujar el modelo. Hay que cambiar».

Autores que despiertan a un muerto
Recién llegado de la Feria del Libro de Londres, Jesús Badenes, director general de la División Editorial de Librerías del Grupo Planeta, cree que el sector en España está en sintonía con el europeo y que el descenso, leve, pero descenso del 2,6 por cierto de facturación de este primer trimestre con respecto al de 2008 reside en tres factores: no han existido lanzamientos multimillonarios, los «superbest sellers» como los de Harry Potter o los firmados por Ken Follett, de ahí que en la feria londinense se haya celebrado la publicación de «El símbolo perdido», de Dan Brown, que editará Planeta antes de Navidad. En segundo lugar, se han moderado los precios y, por último, ha aumentado el libro de bolsillo, lo que supone seguir vendiendo pero a un precio más bajo. De todas maneras, Badenes considera que la crisis económica afecta al sector del libro de manera más «suave», incluso hay un «efecto sustitución», ya que la gente sale ahora menos, hecho que propicia la lectura. Y considera que los buenos libros que llegan a grandes masas de lectores sí ayudan a superar la crisis en el sector, como ha sucedido con Stieg Larsson o Ruiz Zafón. En esta cadena, si alguien puede estar más afectado son las librerías. Es el eslabón más débil por falta de financiación».

EL QUIJOTE PARA LA DEPRESION

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El Quijote para la depresión
Isabelle Cornaz BBC Mundo

Entre otras cosas, la obra de Cervantes muestra la importancia del diálogo, dice Françoise Davoine.
Miguel de Cervantes Saavedra,
¿precursor del psicoanálisis?
¿El Quijote, un manual de buen vivir?
Desde su publicación en 1605 el libro del ingenioso hidalgo ha dado para miles de interpretaciones y lecturas, pero la de Françoise Davoine, psicoanalista francesa, es quizás única.
Davoine publicó a finales del 2008 el libro "Don Quijote para combatir la melancolía", donde afirma que Cervantes nos enseña como librarnos de las experiencias traumáticas y superar la depresión.
El Quijote es una de las obras literarias que Françoise Davoine utiliza frecuentemente en el marco de su trabajo.

En el libro,
la búsqueda interior de Don quijote
se profundiza cada vez más.
Se vuelve psicoanalista,
al encontrar a
alguien más loco que él
Françoise Davoine

Sus pacientes son personas que sufrieron traumas, o hijos de éstas, que heredaron la experiencia silenciosa de sus padres a la que hay que poner palabras.
Para aliviarlos y "acogerles en una tradición más amplia", para que se den cuenta de que no son víctimas aisladas, Françoise les cuentas historias. Entre ellas, las aventuras del hidalgo de la Mancha que la autora considera una lección de psicoanálisis.
El trastorno de Don Quijote ha suscitado muchas interpretaciones. Françoise Davoine, retomando las palabras del mismo Cervantes que dijo haber "engendrado" a Don Quijote, ve al hidalgo de la Mancha como el "hijo loco" de Cervantes.
Al hidalgo le tocó, al igual que a los pacientes de Françoise, verbalizar las desgracias que sufrió su padre.
"Cervantes era un antiguo combatiente, que fue esclavo y luego encarcelado durante cinco años en Argel. No escribió nada durante 20 años, hasta que llegó El Quijote. La obra le permitió revivir sus traumas y librarse de ellos".
Terapia
¿Qué tipo de terapia propone Cervantes para luchar contra el trastorno mental y superar los traumas? Entre otras cosas, muestra la importancia del diálogo, dice la especialista.
"El libro está compuesto en gran parte por las escenas de "psicoanálisis a través de la palabra" entre el hidalgo y su escudero Sancho Panza, cuando están heridos, casi en estado de coma. Al despertarse, se ponen a hablar e intentan comprender juntos qué les está pasando". Según Davoine, la presencia del otro es un elemento esencial en el análisis del trauma.
"Uno no puede superar sus traumas solo. Los que fueron a la guerra lo dicen, siempre hubo un amigo, fallecido o aún vivo, que les ayudó a sobrevivir. Necesitamos al otro, pero esto otro puede ser tanto una persona como un animal, o incluso la naturaleza".
Y agregó: "Cuando trato a pacientes que padecieron una gran soledad, siempre les pregunto con qué estuvieron en contacto. Una vez una niña me respondió que tenía su paisaje, al que regresaba de vez en cuando, y con el que hablaba y soñaba".
Asimismo, Sancho Panza es como un espejo vital para Don Quijote. Es un "terapeuta" que participa e interviene, una actitud que la psicoanalista francesa intenta seguir con sus pacientes.
"Las personas que vivieron situaciones muy difíciles o peligrosas suelen ser muy perspicaces, ya que para sobrevivir desarrollaron una gran capacidad de atención. Es una inteligencia que no es la oficial, pero, como analista, es esencial que la tenga en cuenta. A veces se intercambian los papeles. El paciente, es capaz de sentir si un día me siento mal. Entonces nos sentamos para hablarlo y es él, el psicoanalista", dijo Davoine.
Precursor del psicoanálisis

Según Davoine, las aventuras inesperadas de Don Quijote son parte del proceso de autosanación.
Estas interferencias son también una de las lecciones del Quijote.
"En el libro, la búsqueda interior de Don Quijote se profundiza cada vez más. Se vuelve psicoanalista, al encontrar a alguien más trastornado que él. Abraza a este hombre y dice estar dispuesto a escucharlo. Pero lo más divertido es que el "paciente" le dice que se va a tumbar en la hierba para poder hablar más libremente. ¡Un verdadero precursor del psicoanálisis!"
Pero ante todo, Davoine señala que si la novela cervantina es antidepresiva, "es porque nos enseña a renunciar a la tristeza y a rebotar. Es una novela violentamente positiva y no-determinista, que sigue el ritmo de la síncopa, frecuente en el análisis del trauma: periódicamente tropezamos contra un elemento que todavía no habíamos tratado. Tomamos un nuevo impulso. Hay una energía enorme que brota de los momentos de gran derrota."
Según Françoise Davoine, el azar y los encuentros imprevistos, las aventuras inesperadas con las que se enfrenta Don Quijote, son parte integrante del proceso.
El determinismo y el uso sistemático del pasado para comprender el futuro no funcionan.
En los momentos de grandes traumas no estamos en una dimensión temporal, porque nada tiene sentido y entonces se rompe la cadena de causa-consecuencia.
"Las personas que sufrieron traumas fueron a menudo víctimas de manipulación o perversión y le tienen mucho miedo a todo tipo de discurso que podría encerrarlos. Te dicen que no sirve de nada buscar una causa en el pasado y en parte tienen razón. A la inversa, el encuentro imprevisto les permite tejer lazos allí donde era imposible", concluye Françoise Davoine.

Libros que sí cambian la vida

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MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
ELPAIS.com
18/02/2009
Siempre hubo libros capaces de cambiar la vida de sus lectores. Si no hubieran existido, habrían tenido menos trabajo los censores, centenares de bibliotecas reducidas a cenizas seguirían almacenando memoria y saber, no se habría creado el siempre tentador Index librorum prohibitorum et expurgatorum, y la lectura no habría sido considerada actividad sospechosa por todos cuantos han recelado de la libertad de los demás.
En lo que a mí respecta, el primer libro que cambió mi vida fue una edición resumida e ilustrada de Robinson Crusoe. Imaginarme al solitario náufrago leyendo la Biblia en su cueva, resguardada de posibles intrusiones hostiles mediante la cerca de troncos que había construido (con las herramientas halladas entre los restos del buque encallado), estuvo a punto de convertirme en arquitecto. Y, desde luego, cambió totalmente el discurrir del verano en que lo leí. Los consabidos juegos infantiles, la interminable siesta mediterránea, la insulsa merienda de pan con aceite y azúcar, quedaron definitivamente arrumbados en aras de la construcción de una empalizada de cañas con la que mis amigos y yo nos dotamos de un ámbito de aventura y sociabilidad a resguardo de la mirada de nuestros padres. Robinson me mostró -como ya había descubierto Proust en El tiempo recobrado- que era en la literatura donde se hallaba "la vida al fin descubierta y dilucidada", la verdadera vida.
Pero existen libros que pueden cambiarla de modo más directo y universal, y no precisamente a cuenta de sus méritos literarios, sino en razón de su carácter normativo. Textos que han existido desde antes de encontrar su plasmación en forma de libro, y seguirán existiendo mucho después de que el soporte en el que (todavía) se despliegan sea sólo un recuerdo: como el Código Penal, que organiza y fija el llamado ius puniendi del Estado, y al que podemos considerar el penúltimo avatar de esas antiquísimas compilaciones jurídicas de las que la de Hammurabi, inscrita en una estela de basalto, constituye el primer ejemplo.
En Estados Unidos el célebre Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (abreviado DSM) es uno de esos libros capaces de influir -y cómo- en la vida de los ciudadanos. Cada sucesiva edición -desde 1952 se han publicado cuatro con diversas revisiones- incorpora las conclusiones finalmente consensuadas de un equipo de psiquiatras que decide qué conductas o "síntomas" son indicativos de nuevos trastornos o enfermedades mentales (en la actual hay censados casi 300). La trascendencia del DSM reside en que se ha convertido en el manual de referencia sobre salud mental no sólo para médicos (a los que ayuda a establecer diagnósticos) o agentes de seguros (que se guían por sus normas para atender las reclamaciones de sus clientes), sino para toda la colectividad.
Con poco más de medio siglo de existencia, el manual está considerado una auténtica institución cuya influencia social queda de manifiesto si se tiene en cuenta que, por ejemplo, hasta 1974 la homosexualidad figuraba en su lista de desórdenes, o que para la siguiente edición se debaten asuntos de tan polémico diagnóstico como la identidad de género en relación con la transexualidad, la compra compulsiva, las comilonas o el fetichismo. Los debates en torno a qué será o no incluido en la siguiente entrega -prevista para 2012- son tan intensos que para evitar las presiones (de la industria farmacéutica, de los hospitales, de las aseguradoras, de los jueces, de los grupos religiosos y políticos) los psiquiatras que componen el equipo asesor han sido obligados a firmar una cláusula de confidencialidad. Lo que ellos decidan y finalmente se publique (con una tirada, por cierto, cercana al millón de ejemplares) cambiará en muchos aspectos las vidas de las personas, al menos hasta la siguiente edición. Una hazaña nunca lograda por los libros de Defoe o Proust.

A CUATRO MANOS

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El enigma de la doble autoría
"Escribir en colaboración", de Michel Lafon y Benoit Peeters, investiga en las historias de la escritura a dúo y permite abrir múltiples perspectivas artísticas.

Por: Susana Rosano
A CUATRO MANOS. La literatura abunda en ejemplos de obras escritas en colaboración. Las particularidades de esta manera de escribir son rigurosamente investigadas en "Escribir en colaboración."

Revista Ñ, diario Clarín, Buenos Aires
24 de enero de 2009
La Biblia, Las mil y una noches, Don Giovanni, El conde de Montecristo, el Manifiesto del Partido Comunista, La isla del tesoro, Los campos magnéticos, Asterix, El Antiedipo, Un sombrero de paja de Italia, Fantomas, Las cartas de mi molino. Estos son sólo algunas de las obras que marcaron una época y que de una u otra manera, y a partir de formas diversas, fueron realizadas en colaboración. Es decir: cuya autoría corresponde a más de una persona, aunque como dijera Le Bruyere en su momento, "el genio sólo se declina en singular", y la crítica se ha encargado muchas veces de borrar las huellas de esta escritura múltiple. Escribir en colaboración. Historias de dúos de escritores, de Michel Lafon & Benoît Peeters, de Beatriz Viterbo Editora, es en este sentido una deliciosa investigación que se adentra en un tema muy pocas veces explorado y además poco comprendido: el de la elaboración en plural.
La ideología del yo parece haber impuesto su victoria en el ámbito de la cultura, donde la norma sigue siendo la del autor único. Y esto paradójicamente en un momento en donde muchos campos como el de la investigación científica, audiovisual, Internet, e incluso en el mundo editorial, la elaboración plural es la regla y se torna un argumento publicitario. "Si Scott Fitzgerald, Umberto Eco y Dan Brown se hubieran reunido para escribir una novela, habrían escrito La regla del cuatro", dice la contratapa de un reciente best-séller esotérico. Sin embargo, sostienen Lafon y Peeters en el prólogo del libro, esta proliferación reciente de elaboración plural no desalienta las bromas, los malos entendidos y los desconocimientos que subyacen a los fenómenos de la autoría múltiple. En general, los críticos e historiadores de la cultura parecen no tener mucho que decir sobre el tema, como si este simplemente no existiera. Y los editores se suman a esta "conspiración del silencio". Por ejemplo, durante mucho tiempo fue imposible leer en una versión completa Par les champs et par les greves, de Maxime Du Camp y Gustave Flaubert. En el libro sólo figuraban los capítulos que habían sido escritos por Flaubert, sin que a los editores les importara haber mutilado el proyecto mismo de la obra. Por otro lado, y más allá de los datos absolutamente fehacientes que testimonian la doble autoría de Alejandro Dumas y Auguste Maquet en las novelas Los tres Mosqueteros y Veinte años después, los editores se obstinaron en hacer desaparecer de las tapas de los libros el nombre de Maquet.
La insistencia en borrar las huellas de los colaboradores intelectuales de una obra o un proyecto ha sido tal que produce más de una sorpresa, como en el caso de Pierre Bourdieu, tal vez el ejemplo más acabado de pensador intelectual colectivo que, una vez llegado a la fama intelectual y en un gesto sin dudas autoritario, borra de la lista de sus obras los nombres de sus coautores.
El reciente libro de Beatriz Viterbo se basa en una extensa investigación que llevó aproximadamente quince años y que permite abrir innumerables perspectivas literarias y artísticas, pero también jurídicas, psicológicas y políticas al enigma de la doble autoría. Al entender de sus autores, esta "concierne a la infancia y a los juegos, a los placeres de la invención en voz alta, a las historias de familia, de amor y de amistad, a los sueños de comunión y a las realidades de la división del trabajo, al dinero y a la vanidad, a los dramas de las rupturas y las herencias".
Escribir en colaboración se detiene minuciosamente en diecisiete casos que, aunque (como afirman los autores) no pretenden la exhaustividad, sin embargo revelan alguna particularidad de la escritura en colaboración, y ponen el acento en las prácticas y métodos de trabajo. De esta manera, se pasa desde la fusión extrema y absoluta de los hermanos Edmond y Jules de Goncourt a configuraciones mucho más puntuales, como la invención de Bustos Domecq por Jorge Luis Borges y y Adolfo Bioy Casares. Existen también en el libro casos de guiones tramposos, como los que pergeñaron en el siglo XIX el profesor Jean-Jacques Erckmann y el adolescente Gratien Chatrian, y casos límite como el de Julio Verne y su editor Hetzel. Y aunque la figura más frecuente es la de escritores de ficción a cuatro manos, sin embargo se encuentran en el libro casos de poetas, dramaturgos, filósofos, entre los cuales se incluye el de la cuasi hermandad intelectual entre Marx y Engels y el del fracasado intento de "comunismo intelectual" del fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud.

Viajes en direcciones opuestas
Como dos viajes en direcciones opuestas se pueden leer los dos capítulos dedicados a la experiencia de Gustave Flaubert y Maxime du Camp ("La aglomeración de dos mónadas") y el de Carol Dunlop y Julio Cortázar ("El último viaje de la osita y el lobo"). Ambos conjugan viaje y escritura. El primero se puede leer como un viaje de iniciación, henchido de futuro, y coincide con el inicio despreocupado de la carrera de un escritor imprescindible, Gustave Flaubert. El segundo es el monumento funerario casi desesperado que Julio Cortázar erige ante la muerte de su mujer, y que se convertirá también en su último viaje.
Durante 1844, Gustave Flaubert sufre una serie de crisis nerviosas por las cuales el doctor Cloquet le aconseja como distracción un viaje por la Bretaña. Maxime du Camp, su amigo inseparable, será su compañero de ruta. El viaje se vuelve para estos "incipientes Bouvard y Pecuchet" indisociable de un proyecto bien preciso: escribir a dúo el diario de esta expedición al oeste de Francia. El procedimiento que eligen es el de la escritura de capítulos alternos y las consecuencias para la historia literaria son infinitas. Para Flaubert, el texto que resulta de este experimento, que llevará por título Par les champs et par les greves es, en sus propias palabras, "la primera cosa que haya escrito penosamente". A partir precisamente de la reescritura de este texto, la crítica coincide en afirmar que Flaubert, el viajero, comienza su transformación en escritor. En su caso, y como apuntan Lafon y Peeters, el viaje a Bretaña le permite "experimentar concretamente los límites de la colaboración, como una etapa a superar, a olvidar, para volverse poco a poco él mismo".
Muy diferente es la experiencia de escritura en común que llevan a cabo Julio Cortázar y su esposa canadiense Carol Dunlop, que encarnan la configuración marido-mujer. Esta tiene una larga genealogía en los dúos literarios que incluye a la pareja formada por Robert Louis Stevenson y Fanny, autores a cuatro manos de una parte de las Nuevas mil y una noches. En lo que Lafon y Peeters denominan "una erótica de la escritura en colaboración", Cortázar y Dunlop emprenderán desde el 23 de mayo al 23 de junio de 1982 un viaje por la autopista París-Marsella que conjugará juego y escritura y dará como resultado Los astronautas de la cosmopista, escrita a medias entre el castellano y el francés, y que ante la muerte de Dunlop, Cortazar terminará de editar solo un par de meses antes de su propia muerte. Los autores sintentizan en pocas palabras el sentido de esta escritura a cuatro manos: "la colaboración, pensada como una apoteosis de la fusión amorosa, era también una manera de luchar juntos contra la muerte".

Un nosotros extraño
Publicado en 1920 con una tirada de tan sólo trescientos ejemplares y reeditado recién en 1967, Les Champs magnetiques, de André Breton y Philippe Soupault, es no obstante el acto fundador del surrealismo y se considera uno de los textos más influyentes del siglo XX. Es también un intento cabal y radical por investir a la escritura a dúo de las características del inconsciente. Sin embargo, en el capítulo 10, que lleva por título "El hombre cortado en dos", Lafon y Peeters marcan una contradicción bien interesante con respecto a este libro: si bien una de sus premisas fue fundir dos escrituras de una manera indisociable, con la idea de dinamitar para siempre la categoría de autor, el libro tiene desde el principio un desequilibrio que sobreimprime la omnisciente voz de André Breton por encima de la de Philippe Soupault, a quien se denomina el arquetipo del "colaborador débil".
Bien distinto es el caso de Marx y Engels, cuyos nombres se leen a esta altura de las circunstancias como la marca de un producto. Un poco como sucederá después en el caso de Gilles Deleuze y Félix Guattari, esta voluntad de pensar y de escribir juntos, de confrontar experiencias (más teóricas en Marx, más prácticas en Engels) "permite a los dos autores superar el sujeto individual y romper con un viejo orden del mundo". Engels es un extraño caso en la historia intelectual contemporánea y sigue dando pruebas en toda su relación con Marx de un desinterés y una ausencia de ego bastante excepcionales. O en palabras de su biógrafo Jacques Attali, "Engels renuncia a ser un escritor entre otros para financiar a uno que sabe único".
Sin embargo, los autores de Escribir en colaboración leen una fisura, un riesgo impredecible pero dañino, aunque posiblemente no intencional, en esta omnímoda fidelidad de Engels hacia Marx: el marxismo no vino al mundo como un producto auténtico del pensamiento de Marx sino como fruto del espíritu de Engels, que ante la muerte de su amigo se convierte en el "guardián y continuador" de su teoría. "Este incansable elogio a un cómplice, acompañado de una simplificación de sus escritos, abrió el camino a una desnaturalización más dramática: la que, bajo la extraña denominación de 'marxismo-leninismo', transformaría la obra de Marx en uno de los catecismos más siniestros de la historia", sostienen Lafon y Peeters.
En prefacios y entrevistas, Gilles Deleuze y Félix Guattari explican incansablemente que sus obras no podrían haber sido escritas sino a dúo. Las trayectorias de ambos son comparables en ciertos aspectos a los itinerarios respectivos de Marx y Engels. En los dos casos, el primero viene de un campo enteramente filosófico y el segundo está ligado a una experiencia más concreta, al mundo obrero en el caso de Engels y a la psiquiatría, en el de Guattari. En ambos también una investigación filosófica se alía a una práctica para conducir a la emergencia de una nueva reflexión y de una nueva escritura.
Y serán Deleuze y Guattari los que llevarán a la escritura en colaboración a la dignidad de un concepto filosófico. En ¿Qué es la filosofía?, plantean que esta se define de entrada como el arte de inventar conceptos. Y el primer concepto, el que marca el principio de la filosofía, es el de Amigo. "¿Y el amigo no reintroducirá, incluso en el pensamiento, una relación vital con el Otro que se había querido excluir del pensamiento puro? ", se preguntan a dúo. Una pregunta que potencia al enigma planteado en el delicioso libro de Michel Lafon y Benoît Peeters.

Lafón Básico
Montpellier, 1954
Escritor
Es catedrático de literatura argentina en la Universidad Stendhal de Grenoble y miembro del Institut Universitaire de France. Es editor de la obra completa de Adolfo Bioy Casares en francés y traductor de César Aira, Jorge Luis Borges y Sergio Chejfec. Publicó varios libros y estudios sobre literatura argentina y sobre la poética.
Peeters Básico
Paris, 1956
Escritor y director de cine
Peeters es también guionista de historietas, como el ciclo de las "ciudades oscuras" (con el dibujante francés F. Schuiten). Escribió la novela "El Transpatagónico", con Raúl Ruiz. Es un autor de referencia sobre historia y teoría de la historieta ("El mundo de Hergé") y escribió ensayos sobre Paul Valery, Hitchcock, Töpffer y Nadar.

NUNO JUDICE

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La Jornada Semanal, México, DF
25 de enero de 2009

Poemas
Nuno Júdice
Nacido en Mexilhoeira Grande en 1949, Nuno Júdice es uno de los poetas mayores de lengua portuguesa. Entre sus libros de poemas: As Inumeravéis Aguas, A Partilha Dos Mitos, Lira de Líquen, Um Canto na Espessura do Tempo, Poemas en Voz Alta, A Fonte da Vida, Jogo de reflejos, Pedro lembrando Inês. Libros suyos han sido traducidos y publicados en España, Venezuela, Italia, Francia e Inglaterra. Los poemas fueron revisados por el autor.

Navegación errante
¿Para dónde me llevan estas barcas blancas, de
velas desplegadas como las nubes del ocaso, con
sus vientres de fuego y sus proas de
agua? Me dejo conducir en su rumbo
sin viento en el horizonte, en este mar
muerto de sentimientos a la deriva, donde
cuajaran los sargazos del equinoccio; y
desembarco en cada puerto, y oigo
la canción triste que los marineros
callan, cuando las mujeres los empujan
hacia el fondo de los cuartos sin luz.

Pero nunca permanezco donde me quieren; si
desembarco, los pies se entierran en el fango
del muelle; y me aferro a las cuerdas del combés,
hasta sentir que las manos sangran, mientras
la tierra se aleja y el temporal oscurece
las almas. “–¿Qué haces aquí?– pregunta
el piloto: –¿Qué camino me enseñaste,
que me aleja más y más de cada nuevo
destino?” Me río de sus ojos ciegos,
y le quemo todos los mapas, como si
los pudiera haber leído.

Un día descenderé de las bóvedas
del sueño; reabriré la litera del camarote,
donde se esconden las mujeres
que me entregaron su cuerpo; las echaré
hacia fuera de la noche, lavándoles
los senos como la luz naciente. “¿Por
qué nos robaste la vida?”, me preguntan;
y se las cedo a los moradores del sótano,
oyendo una resaca de marea
en los gemidos del amor.

Verbo
Pongo palabras encima de la mesa, y dejo
que se sirvan de ellas, que las partan en rebanadas, sílaba
a sílaba, para llevarlas a la boca –donde las palabras se
dan vuelta para juntarse , para caer en la mesa.

Así, conversamos unos con los otros. Cambiamos
palabras; y robamos otras palabras, cuando no
las tenemos; y damos palabras, cuando sabemos que están
de más. En todas las pláticas sobran las palabras.

Pero hay las palabras que quedan sobre la mesa, cuando
nos vamos en buena hora. Quedan frías, con la noche; si una ventana se abre, el viento las sopla hacia el suelo. Al día siguiente, la sirvienta habrá de barrerlas para la basura:

Por eso, cuando me voy en buena hora, verifico si quedaron
palabras sobre la mesa; y las meto en el bolsillo, sin que
nadie lo repare. Después, las guardo en la gaveta del poema. Algún día, estas palabras han de servir para una cosa.

¿Lo que es la vida?
El poeta griego que comparó el hombre a las hojas que no duran, cuando el invierno les robó la esperanza de vivir de acuerdo con sus deseos, no salió esta tarde para el campo, ni vio el cuerpo que se interpuso entre el sol y los arbustos, oscureciendo el cielo con su blancura de nieve primaveral. Preguntó, mientras, de qué sirve la vida, y para qué sirve la alegría, si no existe, más allá de ellas, el horizonte dorado del amor; y alejó de su frente el crepúsculo, diciendo que prefería la madrugada, luego que el gallo canta, para despertar con el propio día. Ese poeta, que el polvo de los siglos sepultó, y no llegó a encontrar, para sus dudas, ninguna respuesta, aconsejó a los que lo leían que se divirtiesen, antes de que la muerte los fuera a sorprender. Y me acuerdo, a veces, de este pedido, al pensar que la memoria de alguien se puede limitar a una pequeña frase, que puede ser la más banal de las sentencias, que nos viene a la cabeza en una u otra circunstancia. Entonces, el poeta griego continúa vivo; y esta tarde, por detrás de los arbustos, oí su voz en el viento que por instantes sopló, trayendo con su frescura el sentimiento que sobrevive a todas las estaciones de una vida humana.

Versiones de Marco Antonio Campos

EL ASESINO DE PAPA NOEL

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PAGINA 12
RADAR LIBROS
Domingo,21 de Diciembre de 2008


Por Spencer Holst

Hubo una vez una persona que terminó con las guerras para siempre, al asesinar a 42 Papás Noel.
Todo empezó unos diez días antes de Navidad, cuando un Papá Noel del Ejército de Salvación fue asesinado en un barrio.
Un diario de la mañana traía la noticia, pero al día siguiente otros cinco Papás Noel fueron asesinados y el hecho apareció en la primera plana de todos los diarios del país.
Cuatro de ellos fueron asesinados mientras recolectaban fondos para el Ejército de Salvación, y el quinto fue apuñalado en la sección Juguetería de Gimbel’s.
¡La gente se sintió ultrajada! ¡Cómo se indignaron! Pensaban qué monstruo, qué engendro debía ser ese tipo, quiero decir, arruinarles la Navidad a los chicos asesinando a Papá Noel.
No se preocupaban por las vidas verdaderas de los hombres asesinados, tan sólo era el efecto que causaría a los chicos lo que molestaba a todos.
De manera que al día siguiente la ciudad estaba llena de policía metropolitana y estadual, agentes del FBI y hasta algunos funcionarios de Inteligencia de la Marina, agentes del Tesoro y funcionarios del Departamento de Justicia, todos los cuales encontraron pretextos para intervenir en el caso: y otros diez Papás Noel fueron muertos y no se atrapó al esquivo asesino.
Así que aquella noche todos los Papás Noel que estaban trabajando convocaron a una reunión secreta para decidir qué hacer.
Se daban cuenta de sus responsabilidades para con los chicos pero, por el otro lado, les parecía una especie de locura salir a la calle y ser atacados por este maníaco.
De modo que un hombre, que era valiente y no tenía a nadie que dependiera de él, se ofreció para salir al otro día, disfrazado y con una fuerte guardia armada.
Pero le cortaron la garganta en su cama, aquella noche.
Así que al otro día no había Papás Noel en la ciudad.
Y la gente estaba algo así como irritable y nerviosa, y los chicos lloraban, y no parecía Navidad sin los Papás Noel.
Pero al día siguiente, una volátil mujercita de Hollywood, una actriz que buscaba publicidad, salió vestida de Mamá Noel.
Y la gente y sus chicos se agolparon en torno de ella, ya que era lo más aproximado a Papá Noel que andaba por la calle, y consiguió un montón de publicidad, y no la mataron.
De modo que al día siguiente varias otras mujeres prominentes salieron todas vestidas de Mamá Noel, con el pelo empolvado de blanco y polleras coloradas y almohadones en sus vientres y sombreros de Papá Noel, y tampoco a ellas las mataron.
Decidieron que a lo mejor el maníaco había dejado de actuar, así que mandaron a la calle a un Papá Noel como globo de ensayo, pero una hora después su cuerpo era conducido en una ambulancia al Bellevue Hospital, con tres balas alojadas en él.
Así que la Navidad de ese año transcurrió con Mamás Noel.
Y el año siguiente empezó a ocurrir otra vez lo mismo, de modo que de inmediato mandaron a las mujeres otra vez a la calle.
Al año siguiente pasó la misma cosa; y el siguiente, y el siguiente; y año tras año, este paciente y esquivo maníaco mataba a cualquier varón vestido de Papá Noel, hasta que finalmente en los diarios, en la publicidad y en las mentes humanas, Papá Noel retrocedió hacia el fondo y Mamá Noel se convirtió en la figura principal.
Quiero decir que Papá Noel todavía estaba allí. Hacía los juguetes en el Polo Norte y se ocupaba de los elfos, pero era Mamá Noel la que viajaba en el trineo tirado por los renos y se deslizaba por la chimenea y repartía los regalos y encabezaba el desfile de Navidad cada año.
Y lo divertido era que a las mujeres parecía gustarles realmente ser Mamá Noel. Nadie tuvo que pagarles y se convirtió en una moda tal que las calles, en época de Navidad, estaban colmadas de Mamás Noel. Y a medida que el tiempo pasó, ellas empezaron a hacer pequeñas alteraciones en el traje tradicional, cambiando primero el matiz de rojo, y experimentando después con colores completamente distintos, hasta que al fin cada traje fue único y fantástico, hermosamente coloreado, bellísimo.
Se convirtió en un verdadero honor el encabezar el desfile de Navidad.
¡Y a los chicos les encantó!
¡La Navidad nunca había sido así antes, con todas estas Mamás Noel y toda la excitación!
Pero estos chicos, esta nueva generación de chicos que creció creyendo en Mamá Noel, eran algo así como distintos.
Porque, fíjense, para los chicos muy pequeños Papá Noel es un dios.
Y para la época en que dejan de creer en Papá Noel, empiezan a ir a la Escuela Dominical y aprenden acerca de un nuevo Dios. Y este nuevo Dios no les hace regalos. Es un poco rudo.
Pero toda la vida anhelan a su antiguo dios de la infancia, a su dios Papá Noel.
Observen sus oraciones, lo que dicen: dame lo que deseo. Pero esta nueva generación de chicos que crecieron creyendo en Mamá Noel parecía tener una actitud distinta hacia las mujeres.
Empezaron a elegir mujeres para el Congreso y eligieron a una mujer presidente y mujeres alcaldes, hasta que muy pronto el país entero estuvo gobernado por mujeres.
A ellas les preocupaba sobre todo cosas como la comida, y hubo mucha discusión en el Congreso acerca de varios regímenes, y bien pronto hasta los más pobres tuvieron mucho que comer; y estaban interesadas en las casas, y pronto ya no hubo escasez de viviendas.
Pero había una cosa que no apoyarían.
No pensaban hacerlo.
Quiero decir, ¿qué posible razón política haría que estas mujeres mandaran a sus hombres a ser matados? ¡Era ridículo!
De modo que con su poder político y su poder financiero y el prestigio de los Estados Unidos, obligaron y animaron a otros países a permitir que mandaran las mujeres.
Así la guerra terminó para siempre.
Los hombres siguieron haciendo lo que siempre habían hecho. Trabajaban en fábricas, y estudiaban matemática superior, y apostaban a caballos, y repartían el hielo, y discutían de filosofía.
Pero estas discusiones sobre filosofía no ocasionaban que la gente se muriera de hambre y se matara entre sí.
Y muy pronto, en todo el mundo, nadie estaba hambriento, todos tenían lindas casas, ya no había guerra, la gente empezó a ser feliz.
Saben, cuando uno se detiene a pensar en ello, había ocurrido una revolución mundial.
Y 42 Papás Noel no es mucha gente muerta para una revolución mundial.
Pero el asesino o, en realidad, el santo a quien la humanidad tanto le debía, el que planeó y ejecutó esta revolución casi incruenta, nunca fue atrapado y crucificado.
Siguió viviendo.
No, nadie descubrió nunca la identidad de este santo: es decir ah–, salvo yo.
Yo sé quién es el santo.
Oh, no tengo ninguna prueba, pero es precisamente por eso que estoy tan seguro de que lo sé.
Porque hay una sola persona capaz de esto, hay una sola persona con el genio, la osadía, la imaginación, el valor, el amor a la gente, la avidez por la sangre y la paciencia requeridos para llevar a cabo ésta, la mayor de todas las acciones.
Esa persona es mi hermanita.

Traducción: Ernesto Schóo
NOTA ENVIADA POR EDDY

¿Por qué se mata un escritor?

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El País Semanal, Madrid
28 de septiembre de 2008
¿Por qué se mata un escritor?

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE
La última promesa de la literatura americana, David Foster Wallace, se quitó la vida hace un par de semanas. A partir de este caso, el escritor colombiano analiza qué ha significado el suicidio para muchas otras figuras de las letras.
Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai... Y el pasado 12 de septiembre, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que "su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones". Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.
Por estos días se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: "Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo". Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: "El suicidio es el sublime valor de los vencidos". La última entrada de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofríos: "Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir".
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un rincón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de párkinson y leucemia.
Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía".
Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: "Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas". Antes de matarse, Jean Améry escribió un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma vitalista "la vida es el bien supremo". Si esto se niega -"la vida no es el bien supremo"-, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein en uno de sus aforismos: "El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz". El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena), los Estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llega al absurdo de castigarlo con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan.
De alguna manera, la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran "enterrados en sagrado", castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como "discípulos de Judas". Su posición, por suerte, se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: "Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada". Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: "Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño". Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse. Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: "Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo".